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lunes, 19 de mayo de 2014

¿FINGES, VIDA?



Al preguntarnos por la posibilidad de conocer la realidad enseguida surge la cuestión de la verdad. Consideramos que un conocimiento solo tiene razón de ser si es verdadero o si, al menos, tiene pretensión de serlo. Pero no admitimos el engaño, la mentira o la falsedad como conocimiento. Sin embargo, nos surge la duda acerca de si podemos alcanzar la verdad.

La definición de verdad es una tarea muy difícil. Solemos entender por verdad la conformidad de las cosas con los conceptos mentales; en este sentido nos estaríamos refiriendo al pensamiento. Pero también lo aplicamos a las proposiciones: la conformidad de lo que se dice con lo que se piensa o siente, y también a los juicios que no se pueden negar racionalmente.

Es importante distinguir además algunos términos que suelen utilizarse como sinónimos para referirse a la verdad:

- Veracidad: es la intención de no engañar. Esto es independiente de que lo que se diga sea verdadero o falso. Por ejemplo, un testigo en un juicio ha de ser veraz y contar lo que sabe, a pesar de que no sepa la verdad del caso.

- Certeza: confianza subjetiva en que algo es verdadero. 

- Autenticidad: que algo sea auténtico quiere decir que "es de verdad", esto es, que es conforme a la realidad. Por ejemplo, decimos que el zumo de naranja es auténtico, porque es natural, no es un sucedáneo químico.

- Sinceridad: ser sincero es ser veraz, pero introduce un matiz de compromiso de la persona.

Todos estos usos y los diversos contextos en que se aplican nos llevan a hablar de diversos ámbitos de la verdad.

-Verdad epistemológica: conformidad entre el conocimiento y la realidad. Lo contrario de la verdad epistemológica es la falsedad.

- Verdad ética: conformidad entre lo que se piensa, se dice, se siente y se hace. Lo contrario de la verdad ética es la mentira. 

- Verdad ontológica: conformidad entre las cosas reales y su apariencia o las ideas que tenemos sobre ellas. Lo contrario de la verdad ontológica es la inautenticidad.


Existen cosas de las que el mundo entero no se puede librar, situaciones en que la humanidad entera se ve envuelta, temas que todos pueden tocar porque todos tienen conocimiento. A través de los siglos el comportamiento humano no ha cambiado mucho en este tipo de actitudes, debido a lo común del tema y que lo viven todos los días en todo momento, se convierte en una de las realidades de la existencia humana. Este comportamiento o tema es el engaño. Cuando decimos algo con pretensión de engañar o sabiendo que es falso, estamos mintiendo. La mentira mina las bases de la convivencia, anula la confianza.



Cómo evoluciona en cada individuo el fingir con el fin de agradar, de engañar para lograr lo pretendido, hasta dónde llega un engaño. Desde cuándo se empieza a engañar, cómo se hace, las mentiras piadosas y las que son inevitablemente condenatorias, cómo el ser humano se engaña a sí mismo y hasta al ser más querido, y cómo al ser el más instintivo de los comportamientos humanos afecta a todos los ámbitos de la vida en sociedad.

De donde surge un engaño y hasta dónde va el engaño, un tema importante, cautivante y siniestro, genios de la literatura a través del tiempo han tocado temas como este.








Gente sola - Compositor: Pedro Guerra
Hay gente en la cola de todos los cines / gente que llora, gente que ríe / gente que sube, que baja de un coche / gente en el rastro y en los ascensores / gente en la guagua, en el metro, en la lluvia,  en un árbol / gente en la cuesta, desnuda, vestida, cantando / gente con sombra, con dudas / gente que añora y que ayuda / gente que vive a la moda, que viene y que va /  pero que sola está / Hay gente que sueña que abraza a otra gente  / gente que reza y luego no entiende / gente durmiendo en el borde del río / gente en los parques, gente en los libros / gente esperando en los bancos de todas las plazas / gente que muere en el borde de cada palabra / gente que cuenta las horas / gente que siente que sobra / gente que busca a otra gente en la misma ciudad / pero que sola está / Gente en el ruido y el humo de todos los bares / gente que en su corazón multiplica los panes / gente con ramos de flores  / gente borracha de amores / gente que cava su fosa,  que no puede más / pero que sola está. 



*



Nietzsche: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, solo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, solo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquel proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño -pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter-.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que este es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.

Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque solo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?

Quino
En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes (con estas palabras, Thomas Hobbes, proclamó que la "naturaleza humana" era una "lucha de todos contra todos", una lucha en la que todos somos lobos de nosotros mismos -homo hominis lupus-) Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.

El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?

Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar. Si no se contenta con la verdad en forma de tautología (La Tautología es una Figura Retórica que consiste en utilizar palabras innecesarias que no añaden nada nuevo a la idea que se quiere transmitir), es decir, con conchas vacías, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta.

Se podría pensar en un hombre que fuese completamente sordo y jamás hubiera tenido ninguna sensación sonora ni musical; del mismo modo que un hombre de estas características se queda atónito ante las figuras acústicas de Chladni en la arena, descubre su causa en las vibraciones de la cuerda y jurará entonces que, en adelante, no se puede ignorar lo que los hombres llaman “sonido”, así nos sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática X de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido. Por tanto, en cualquier caso, el origen del lenguaje no sigue un proceso lógico, y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de las nubes, en ningún caso de la esencia de las cosas.

Quino
Pero pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Del mismo modo que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo qualitas occulta con el nombre de “honestidad”.


Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una X que es para nosotros inaccesible e indefinible. También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es esta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares -y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad-. A partir del sentimiento de estar comprometido a designar una cosa como “roja”, otra como “fría” y una tercera como “muda”, se despierta un movimiento moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante, el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción. Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium (palomar) romano  e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática. Aquel a quien envuelve el hálito de esa frialdad, se resiste a creer que también el concepto, óseo y octogonal como un dado y, como tal, versátil, no sea más que el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto.

Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina “verdad” al uso de cada dado según su designación; contar exactamente sus puntos, formar las clasificaciones correctas y no violar en ningún caso el orden de las castas ni la sucesión jerárquica. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables y, por así decirlo, sobre agua en movimiento una catedral de conceptos infinitamente compleja: ciertamente, para encontrar apoyo en tales cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telarañas, suficientemente liviano para ser transportado por las olas, suficientemente firme para no desintegrarse ante cualquier soplo de viento.

Como genio de la arquitectura el hombre se eleva muy por encima de la abeja: esta construye con la cera que recoge de la naturaleza; aquel, con la materia bastante más delicada de los conceptos que, desde el principio, tiene que fabricar por sí mismo. Aquí él es acreedor de admiración profunda -pero no ciertamente por su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas-. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. Si doy la definición de mamífero y a continuación, después de haber examinado un camello, declaro: “he aquí un mamífero”, no cabe duda de que con ello se ha traído a la luz una nueva verdad, pero es de valor limitado; quiero decir; es antropomórfica de cabo a rabo y no contiene un solo punto que sea “verdadero en sí”, real y universal, prescindiendo de los hombres. El que busca tales verdades en el fondo solamente busca la metamorfosis del mundo en los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación. Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre. Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante sí de manera inmediata, como objetos puros. Por tanto, olvida que las metáforas intuitivas originales no son más que metáforas y las toma por las cosas mismas.

Solo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, solo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, solo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque solo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”. Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” -es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto- me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar. Un pintor que careciese de manos y quisiera expresar por medio del canto el cuadro que ha concebido, revelará siempre, en ese paso de una esfera a otra, mucho más sobre la esencia de las cosas que en el mundo empírico. La misma relación de un impulso nervioso con la imagen producida no es, en sí, necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y se ha transmitido hereditariamente a través de muchas generaciones de hombres, apareciendo finalmente en toda la humanidad como consecuencia cada vez del mismo motivo, acaba por llegar a tener para el hombre el mismo significado que si fuese la única imagen necesaria, como si la relación del impulso nervioso original con la imagen producida fuese una relación de causalidad estricta; del mismo modo que un sueño eternamente repetido sería percibido y juzgado como algo absolutamente real. Pero el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantizan para nada en absoluto la necesidad y la legitimación exclusiva de esta metáfora.

Quino
Sin duda, todo hombre que esté familiarizado con tales consideraciones ha sentido una profunda desconfianza hacia todo idealismo de este tipo, cada vez que se ha convencido con la claridad necesaria de la consecuencia, ubicuidad e infalibilidad de las leyes de la naturaleza; y ha sacado esta conclusión: aquí, cuanto alcanzamos en las alturas del mundo telescópico y en los abismos del mundo microscópico, todo es tan seguro, tan elaborado, tan infinito, tan regular, tan exento de lagunas; la ciencia cavará eternamente con éxito en estos pozos, y todo lo que encuentre habrá de concordar entre sí y no se contradirá. Qué poco se asemeja esto a un producto de la imaginación; si lo fuese, tendría que quedar al descubierto en alguna parte de la apariencia y la irrealidad. Al contrario, cabe decir por lo pronto que, si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva. Entonces, ¿qué es, en suma, para nosotros una ley de la naturaleza? No nos es conocida en sí, sino solamente por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, sólo nos son conocidas como sumas de relaciones. Por consiguiente, todas esas relaciones no hacen más que remitir continuamente unas a otras y nos resultan completamente incomprensibles en su esencia; en realidad sólo conocemos de ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, por tanto las relaciones de sucesión y los números. Pero todo lo maravilloso, lo que precisamente nos asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría introducir en nosotros la desconfianza respecto al idealismo, reside única y exclusivamente en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del espacio y del tiempo. Sin embargo, esas nociones las producimos en nosotros y a partir de nosotros con la misma necesidad que la araña teje su tela; si estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo esas formas, entonces no es ninguna maravilla el que, a decir verdad, solo captemos en todas las cosas precisamente esas formas, puesto que todas ellas deben llevar consigo las leyes del número, y el número es precisamente lo más asombroso de las cosas. Toda la regularidad de las órbitas de los astros y de los procesos químicos, regularidad que tanto respeto nos infunde, coincide en el fondo con aquellas propiedades que nosotros introducimos en las cosas, de modo que, con esto, nos infundimos respeto a nosotros mismos. En efecto, de aquí resulta que esta producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción, supone ya esas formas y, por tanto, se realizará en ellas; solo por la sólida persistencia de esas formas primigenias resulta posible explicar el que más tarde haya podido construirse sobre las metáforas mismas el edificio de los conceptos. Este edificio es, efectivamente, una imitación, sobre la base de las metáforas, de las relaciones de espacio, tiempo y número.

Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico. Si ya el hombre de acción ata su vida a la razón y a los conceptos para no verse arrastrado y no perderse a sí mismo, el investigador construye su choza junto a la torre de la ciencia para que pueda servirle de ayuda y encontrar él mismo protección bajo ese baluarte ya existente. De hecho necesita protección, puesto que existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.

Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza. Busca un nuevo campo para su actividad y otro cauce y lo encuentra en el mito y, sobre todo, en el arte. Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias; continuamente muestra el afán de configurar el mundo existente del hombre despierto, haciéndolo tan abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan inconexo, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere conciencia de que está despierto por medio del rígido y regular tejido de los conceptos y, justamente por eso, cuando en alguna ocasión un tejido de conceptos es desgarrado de repente por el arte llega a creer que sueña. Tenía razón Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches nos sobreviniese el mismo sueño, nos ocuparíamos tanto de él como de las cosas que vemos cada día: “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo -dice Pascal- que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”. La diurna vigilia de un pueblo míticamente excitado, como el de los antiguos griegos, es, de hecho, merced al milagro que se opera de continuo, tal y como el mito supone, más parecida al sueño que a la vigilia del pensador científicamente desilusionado. Si cada árbol puede hablar como una ninfa, o si un dios, bajo la apariencia de un toro, puede raptar doncellas, si de pronto la misma diosa Atenea puede ser vista en compañía de Pisístrato recorriendo las plazas de Atenas en un hermoso tiro -y esto el honrado ateniense lo creía-, entonces, en cada momento, como en sueños, todo es posible y la naturaleza entera revolotea alrededor del hombre como si solamente se tratase de una mascarada de los dioses, para quienes no constituiría más que una broma el engañar a los hombres bajo todas las figuras.

Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades, o cuando en una obra de teatro el cómico, haciendo el papel de rey, actúa más regiamente que un rey en la realidad. El intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre y relevado de su esclavitud habitual tanto tiempo como puede engañar sin causar daño, y en esos momentos celebra sus Saturnales. Jamás es tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz: poseído de placer creador, arroja las metáforas sin orden alguno y remueve los mojones de las abstracciones de tal manera que, por ejemplo, designa el río como el camino en movimiento que lleva al hombre allí donde habitualmente va. Ahora ha arrojado de sí el signo de la servidumbre; mientras que antes se esforzaba con triste solicitud en mostrar el camino y las herramientas a un pobre individuo que ansía la existencia y se lanza, como un siervo, en buscar de presa y botín para su señor, ahora se ha convertido en señor y puede borrar de su semblante la expresión de indigencia. Todo lo que él hace ahora conlleva, en comparación con sus acciones anteriores, el fingimiento, lo mismo que las anteriores conllevaban la distorsión. Copia la vida del hombre, pero la toma como una cosa buena y parece darse por satisfecho con ella. Ese enorme entramado y andamiaje de los conceptos al que de por vida se aferra el hombre indigente para salvarse, es solamente un armazón para el intelecto liberado y un juguete para sus más audaces obras de arte y, cuando lo destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irónicamente, uniendo lo más diverso y separando lo más afín, pone de manifiesto que no necesita de aquellos recursos de la indigencia y que ahora no se guía por conceptos, sino por intuiciones. No existe ningún camino regular que conduzca desde esas intuiciones a la región de los esquemas espectrales, las abstracciones; la palabra no está hecha para ellas, el hombre enmudece al verlas o habla en metáforas rigurosamente prohibidas o mediante concatenaciones conceptuales jamás oídas, para corresponder de un modo creador, aunque solo sea mediante la destrucción y el escarnio de los antiguos límites conceptuales, a la impresión de la poderosa intuición actual.

Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero. Ambos ansían dominar la vida: este sabiendo afrontar las necesidades más imperiosas mediante previsión, prudencia y regularidad; aquel sin ver, como “héroe desbordante de alegría”, esas necesidades y tomando como real solamente la vida disfrazada de apariencia y belleza. Allí donde el hombre intuitivo, como en la Grecia antigua, maneja sus armas de manera más potente y victoriosa que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida; ese fingir, ese rechazo de la indigencia, ese brillo de las intuiciones metafóricas y, en suma, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de una vida de esa especie. Ni la casa, ni el paso, ni la indumentaria, ni la tinaja de barro descubren que ha sido la necesidad la que los ha concebido: parece como si en todos ellos hubiera de expresarse una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un juego con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones solamente conjura la desgracia mediante ellas, sin extraer de las abstracciones mismas algún tipo de felicidad; mientras que aspira a liberarse de los dolores lo más posible, el hombre intuitivo, aposentado en medio de una cultura, consigue ya, gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación. Es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo.
¡Cuán distintamente se comporta el hombre estoico ante las mismas desgracias, instruido por la experiencia y autocontrolado a través de los conceptos! Él, que solo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquel, en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.





Sin música la vida sería un error

Nietzsche











DE PASO
Autor: Luis Eduardo Aute
Letra original (en negrita lo cambiado en una versión posterior)

Decir espera es un crimen,
decir mañana es igual que matar,
ayer de nada nos sirve,
las cicatrices (no curan el mal) no ayudan a andar.

Solo morir permanece
como la más inmutable razón,
vivir es un (clavo ardiente) accidente,
un ejercicio de gozo y dolor.

Que no, que no, que el pensamiento
no puede tomar asiento,
que el pensamiento es estar
siempre de paso, de paso...

Quien pone reglas al juego
se engaña si dice que es jugador,
lo que le mueve es el miedo
de que se sepa que nunca jugó.

La ciencia es una estrategia,
es una forma de atar la verdad
que es algo más que materia,
pues el misterio se oculta detrás.

Que no, que no, que el pensamiento
no puede tomar asiento,
que el pensamiento es estar
siempre de paso, de paso...

Hay demasiados profetas,
profesionales de la libertad,
que hacen del aire, bandera,
pretexto inútil para respirar.

En una noche infinita
que va meciendo a este gran ataúd
donde olvidamos que el día
solo es un punto, un punto de luz.

Que no, que no, que el pensamiento
no puede tomar asiento,
que el pensamiento es estar
siempre de paso, de paso...







domingo, 14 de julio de 2013

SÓCRATES ERA BAILÓN


Sócrates bailando




Pista de baile (Olimpia)




SÓCRATES
(Atenas, 470 a.C.- id., 399 a.C)



A Sócrates le gustaba bailar. En aquellos tiempos la música disco todavía no se había inventado y el único disco famoso de la época era el de Mirón de Eleuteras, pero danzas para bailar había a cientos.

¿Por qué se ocultó esa faceta de Sócrates? 

Curiosamente, sí han trascendido las broncas que le echaba su esposa Xantipa (eso dicen) y que al parecer, él recibía estoicamente (a saber); esa debe ser la razón fundamental para que posteriormente Sócrates fuese considerado un referente  para los Estoicos, o es que había que buscar una razón y punto.


Respecto a la música disco que irá apareciendo,
 diré: que no sabía nada.


Contenta tenía Sócrates a Xantipa. Va por ella:



TINA CHARLES - I love to love





ACADEMIA SÓCRATES.COM

Tras la muerte de Sócrates (399 a.C.) sus discípulos se dispersaron y originaron numerosas escuelas filosóficas. Pero fue en la Academia, fundada por Platón (su principal discípulo) en la que se desarrollaron los aspectos científicos y psicológicos de las ideas y estilo socrático, sobre todo el ideal de precisión y rigor en el hallazgo de la definición y los conceptos.

Pero también otros filósofos que, en mayor o menor medida, habían sido discípulos suyos, continuarían su pensamiento en direcciones distintas, y aún contrapuestas, en distintas escuelas filosóficas conocidas como las "escuelas socráticas menores", entre ellas las de Euclides de Megara (fundador de la escuela de Megara); la de Fedón de Elis (escuela de Elis): la del ateniense Antístenes (escuela cínica, a la que perteneció el conocido Diógenes de Sinope, o a la escuela cirenaica, fundada por Aristipo de Cirene, que fue discípulo de Portágoras y luego de Sócrates, y que defendió una moral hedonista:

La sensación es la única fuente de conocimiento y su valor es subjetivo, relativo. Es la única guía con que cuenta el ser humano. El fin de la moral es buscar las sensaciones agradables, inmediatas y principalmente corporales, aunque la elección de los placeres debe estar guiada por la razón (influjo de Sócrates).

La profesora Elena Díez, analiza las fuentes y las aportaciones de Sócrates a la filosofía:

Debido a que no escribió ninguna obra, la figura de Sócrates se conoce indirectamente a través de cuatro fuentes bastante heterogéneas. Por una tenemos las noticias que sobre él nos ha dejado Jenofonte, que aunque no fue discípulo suyo, sí lo conoció personalmente, escribiendo varias obras en las que tacha de absolutamente injustificada su condena y donde alaba la virtud cívica del filósofo. Sin embargo, pese al afán de fidelidad a los hechos, los informes de Jenofonte dependen de noticias y referencias recogidas de fuentes muy diversas y no siempre fiables.

Platón, sin embargo, sí fue discípulo de Sócrates, y en la primera etapa de sus diálogos (Laques, Cármides, Eutifrón, Lisis, Hipias menor, Ion, Hipias mayor, Apología, Critón) se dedica a presentar el método y el pensamiento de su maestro. La historiografía tiende a dar por válida la versión de Platón, aunque no se excluye que este mantuviera cierta propensión a ofrecer una interpretación bastante idealizada de Sócrates.

El análisis rigurosamente serio que hace Aristóteles de la historia de la filosofía, le convierte en una fuente digna de crédito. Pese a que no conoció personalmente a Sócrates, sin embargo fue discípulo de Platón, por lo que debía conocer y tener noticias fiables no solo de la biografía de Sócrates, sino de la diferencia del pensamiento de este respecto a la filosofía platónica.

Según se desprende de los escrito de Aristóteles, dos cosas deben atribuirse  a Sócrates: "los razonamientos inductivos y las definiciones". Los primeros, consisten en partir de las cosas particulares y concretas (mudables aparentes) hasta llegar a un concepto general, universal e inmutable sobre las mismas que Sócrates denominará logos: aquello que determina a algo para ser lo que es, que da razón de ello o es su esencia.

Y acaba afirmando:

La importancia de Sócrates ha sido tan inmensa que, después de su muerte se convirtió en un símbolo de honestidad filosófica y ética, en un "samurai del pensamiento" (Yvon Belaval) de cuya figura han querido apropiarse desde cristianos y confucionistas hasta renacentistas, socialistas o ilustrados franceses.

Junto a su célebre "sólo sé que no sé nada", de profundas connotaciones científicas, también nos legó su "conócete a ti mismo" de marcada orientación moral y ética.

* * *
Pero él insistía con Xantipa:

KC & THE SUNSHINE BAND - I'm your boogie man




* * *



JENOFONTE
(431 - 354 a.C.)
Los Recuerdos de Sócrates de Jenofonte son una serie de relatos tomados de la literatura socrática hoy perdida. Jenofonte tomó notas de las declaraciones de amigos suyos en su juventud. Aunque la obra no sigue un plan orgánico, y, no está bien compuesta; por su sencillez y mentalidad práctica, constituye un presentación precisa de Sócrates tal como aparecía a los ojos del hombre de la calle frente a los diálogos platónicos, en los que el maestro a  menudo es solo portavoz de su gran sucesor.
Los Recuerdos constan de 4 libros: Los libros I y II muestran una serie de conversaciones imaginarias que no demuestran precisamente que Jenofonte haya sido uno de los compañeros íntimos de Sócrates. Lo mismo puede decirse del contenido de los libros III y IV.
El libro III nos muestra a Sócrates conversando con distintos individuos sobre sus específicas ocupaciones o profesiones, está claro que forma una obra separada. Los siete primeros capítulos están unidos por el tema común del servicio civil y militar al Estado, pero en el capítulo 8 se pasa bruscamente al relato de un encuentro dialéctico entre Sócrates y Aristipo de Cirene en el que discuten sobre belleza y utilidad, y que termina con un discurso de Sócrates sobre el mismo tema. Siguen una serie de definiciones y conversaciones sobre distintos tópicos, así como los aforismos que completan los dos últimos capítulos, tratados a la manera cínica.
En el libro IV (excepto el capítulo 4, que es una interrupción sorprendente a una serie de diálogos) vemos cómo Sócrates enseña por distintos procedimientos una serie muy diversa de elevados conocimientos. Al final hay un sumario del libro que desmiente las opiniones de que muchas partes son espurias. La conclusión lógica es que se trata de una obra independiente, pues no alude a tópicos existentes en las partes anteriores de la colección. El tema es la educación (podría llamarse sistema educativo socrático). El estilo es muy distinto al de las partes precedentes, ya que es más completo y más elaborado. Este sistema educativo se expone a través de una serie de conversaciones con Eutidemo. El primer objetivo es hacer al hombre «prudente», es decir, disciplinar el carácter. El capítulo 4 trata de la justicia, identificada con la ley al dirigirse a Hipias. Ello nos recuerda la insistencia de Sócrates en obedecer a las leyes: «es justo lo que las leyes ordenan» (IV 6). El capítulo 5 nos lleva a la eficacia en el discurso y en la acción, cuyo secreto es el dominio de sí mismo. En el capítulo 6 se reflejan opiniones del Sócrates histórico, muy mezcladas, como siempre, con las del propio Jenofonte. El capítulo 7 se refiere a las matemáticas, la astronomía y los puntos de vista de Sócrates sobre las mismas. El objetivo de Jenofonte en el libro IV es demostrar que el sistema educativo inculcado por Sócrates era el mejor posible; en cambio, es completamente contradictorio con el que el mismo Sócrates preconiza para los «guardianes» en la República de Platón.

(Jenofonte. Biblioteca Clásica Gredos)


PLATÓN
(427 - 347 a.C.)
Sócrates fue el maestro de Platón, a quien influyó en su posterior filosofía y a quien marcó notablemente tras su muerte.
Tanto Sócrates como Platón, combatieron toda su vida el relativismo y el subjetivismo de los sofistas y sostuvieron que una cosa son las opiniones y otra la verdad, y que esta, a diferencia de una simple opinión, no era relativa a cada uno, sino que había ciertas verdades absolutas, objetivas y universales accesibles a la razón y a la reflexión filosófica. 
Por otra parte, Sócrates afirmaba que la finalidad de la educación era alcanzar la verdad para lograr la felicidad y la virtud, por lo que todo ser humano poseía  dentro de sí la verdad, y la tarea del educador consistía en guiar y orientar al discípulo para que por sí mismo, descubriera esa verdad y pudiese organizar su vida justamente.  Platón aceptó esta manera de entender la educación de Sócrates (algunos de sus planteamientos socráticos son la base de la teoría platónica de la reminiscencia), a la que Sócrates llamó la dialéctica , que se basaba en el diálogo entre maestro y discípulo con el objetivo de alcanzar la verdad, que constaba de dos fases: 
La primera, cuyo objetivo era lograr que el discípulo pusiese en cuestión todo aquello de lo que creía estar seguro y convencido, y así caer en la cuenta de que en realidad no sabía aquello que creía saber.
Y la segunda era el arte de lograr que el discípulo, dirigido por las preguntas del maestro, llegase a alumbrar la verdad, la cual habitaba en su interior.





ARISTÓFANES
(444 - 385 a. C.)
ARISTÓFANES- Comediógrafo griego. Es el más celebrado autor de este género. Hizo una sátira de cuanto le rodeaba:
de algunos personajes atenienses, de los litigios interminables ante los tribunales, de las tendencias demagógicas e imperialístas, de la sutileza de los sofistas y de otras características de su tiempo. El público gustaba de él y festejaba tanto la farsa grosera, como la fantasía creadora de su extraordinario ingenio. Famoso por su conservadurismo. Prefería la monarquía a la democracia, y las ideas filosóficas y teológicas establecidas a las nuevas ideas de los sofistas.
Poco se sabe sobre su vida, tan solo algunos detalles extraídos de su obra, de la que se conserva una cuarta parte. Fue un ciudadano implicado en la política ateniense: participó en las luchas políticas para la instauración del Partido Aristocrático y desde sus filas, mostró su desacuerdo con la manera de gobernar de los demócratas.

Su postura conservadora le llevó a defender la validez de los tradicionales mitos religiosos y se mostró reacio ante cualquier nueva doctrina filosófica. Especialmente conocida es su animadversión hacia Sócrates, a quien en su comedia Las nubes presenta como a un demagogo dedicado a inculcar todo tipo de insensateces en las mentes de los jóvenes. En el terreno artístico tampoco se caracterizó por una actitud innovadora; consideraba el teatro de Eurípides como una degradación del teatro clásico.



De sus cuarenta comedias, nos han llegado íntegras once, que son además las únicas comedias griegas conservadas; es difícil, por tanto, establecer el grado de originalidad que se le atribuye como máximo representante de este género. Sus comedias se basan en un ingenioso uso del lenguaje, a menudo incisivo y sarcástico, y combinan lo trivial y cotidiano con pausadas exposiciones líricas que interrumpen la acción. Constituye esta una fórmula personal, que nunca ha sido adaptada, ni por los latinos ni durante el Renacimiento.





En Las nubes, Aristófanes hace objeto de sus sátiras a Sócrates. En una escena de la comedia, un atribulado ciudadano ateniense busca el consejo de algún sabio para resolver sus problemas, acude al filósofo Sócrates. Este no puede atenderlo inmediatamente porque se encuentra inmerso en una serie de investigaciones importantes que consumen la totalidad de su tiempo. Aristófanes se burla aquí de Sócrates retratándolo como alguien frívolo, ya que entre dichas investigaciones se encuentra, por ejemplo, la medición de la proporción entre el salto de la pulga y el tamaño de sus patas, para lo cual es necesario un procedimiento minucioso que también se narra en dicha comedia.




*

Otro bailón: Tony Manero (John Travolta)
Saturday Night Fever (Fiebre del Sábado Noche) John Badham -1977-
Bee Gees - You Should Be Dancing

 




SÓCRATES Y LOS SOFISTAS


En el ambiente del siglo V a de Cristo, en un momento en que todo era sometido a las normas de la razón, era proverbial la seguridad y el orgullo sofista en el poder del individuo y de su razón. El sofista se considera un profesional, un sabio a nativitate. Estima el saber como el único remedio a los peligros de la existencia y aspira, por todo ello, a convertir el azar en destreza, a quedar por encima de los golpes de la fortuna.

Pues bien, en relación con este ambiente y con este tipo de personaje, surge la figura de Sócrates manteniendo una posición no radicalmente opuesta, sino diferente. Tales diferencias no fueron siempre bien comprendidas por sus contemporáneos, como lo demuestran los testimonios de Aristófanes en las Nubes o un mismo discípulo suyo, pero sofista en sus planteamientos, como fue Critias.

La idea básica del método socrático de enseñanza, consiste en que el maestro no inculca al alumno el conocimiento, pues rechaza que su mente sea un receptáculo o cajón vacío en el que se puedan introducir las distintas verdades; para Sócrates es el discípulo quien extrae de sí mismo el conocimiento. Este método es muy distinto al de los sofistas: los sofistas daban discursos y a partir de ellos esperaban que los discípulos aprendiesen; Sócrates, mediante el diálogo y un trato más individualizado con el discípulo, le ayudaba a alcanzar por sí mismo el saber.

Sócrates y los Sofistas.

Después de la Filosofía Presocrática, el centro de interés de la filosofía va a sufrir un cambio radical: de la preocupación por la naturaleza (physis) se va a pasar a la preocupación por el hombre y su convivencia en la vida social (polis) Los que protagonizaron este cambio fueron los SOFISTAS (Sofista, pese a la actual carga peyorativa del término, significa simplemente sabio), estos pensadores han pasado a la historia como mercaderes de la sabiduría, porque cobraban sus clases: los sofistas educaban a los hijos de las élites atenienses para que triunfaran en el ágora o plaza pública.

El pensamiento de los sofistas se caracteriza por el escepticismo y el relativismo. Si es imposible la verdad absoluta, el sabio es aquel que sabe argumentar, para seducir a sus interlocutores y conducirles por donde quiere. En definitiva, el sabio sofista es un buen retórico. Sócrates va a reaccionar frente a este escepticismo.

Los sofistas  no constituyen una escuela o corriente de pensamiento homogéneo, pero podemos destacar algunos rasgos comunes en el pensamiento de los diferentes autores.

El escepticismo: supuestamente se debe a la influencia de Heráclito, si todo cambia y nada es estable, entonces es imposible un saber seguro y necesario. El escepticismo es una doctrina filosófica, en la que se incluye a los sofistas, que sostiene la imposibilidad de llegar a verdades absolutas. No podemos superar definitivamente la duda, es imposible la certeza.

El relativismo: tesis epistemológica, moral y política que sostiene que las verdades, valores y leyes dependen de las condiciones, momentos y circunstancias en que son formuladas. Por tanto, el relativismo es una consecuencia del escepticismo.

El subjetivismo: cuando las verdades, valores y leyes dependen de condiciones “internas” al sujeto, entonces hablamos de subjetivismo. Así, cuando Protágoras habla del hombre como medida de todas las cosas, hace depender el conocimiento de las consideraciones del sujeto. Por tanto, la verdad y el bien no están en la cosa, sino en el sujeto, nada es objetivo.

Indiferencia moral y religiosa: los sofistas son conscientes de que cada pueblo tiene sus propios dioses y sus propias costumbres. Por eso concluyen que los dioses son solo una imagen de cómo los hombres se ven a sí mismos.

El convencionalismo y relativismo jurídico: el Derecho no se basa en leyes naturales, las leyes pueden cambiar y son resultado de las convenciones humanas.

El oportunismo político: lo que importa no es tanto la verdad como ser persuasivos y elocuentes interviniendo a favor no de las causas más nobles, sino de las más oportunas.

El utilitarismo: el discurso tiene como meta conseguir los fines de quien lo utiliza, la verdad no importa, sino persuadir al auditorio para que apoye nuestros intereses.

Cierta frivolidad: al desprestigiarse el contenido del discurso, se le da cada vez más importancia a la forma, a los adornos, los detalles y la retórica.

Los sofistas no pretendían formar hombres justos ni buenos ciudadanos, sino especialistas eficaces en la política y el derecho. Frente a este pensamiento estará Sócrates que se propone como fin de su filosofía educar a los ciudadanos en la virtud.


Quino


Sócrates, solamente salió de Atenas para luchar en las Guerras del Peloponeso contra Esparta. Su vida se caracterizó por deambular por Atenas preguntando a los ciudadanos, formándoles en el arte del diálogo y la discusión. Al final de su vida, después de la dictadura de los Treinta Tiranos se le consideró un sofista más. Se le acusó de impiedad y de ser un corruptor de la juventud. En la sentencia final se le condenó a morir envenenado por impiedad (supuestamente no creía en los dioses).

Para Sócrates la verdad existe y la podemos conocer. Con ello, Sócrates critica el escepticismo y relativismo de sus contemporáneos sofistas. La verdad no está en el mundo exterior, sino que está en el interior de cada uno (daimon). Mediante el método dialéctico de preguntas y respuestas se consigue sacar a
la luz la verdad. El maestro no es el protagonista en este proceso, sino que es el alumno el que llega por sí mismo a la verdad. Según Sócrates en todas las almas existe la verdad, pero en estado latente, y solo es preciso tener habilidad para poner en orden nuestros razonamientos.

Platón compartió algunos aspectos de esta teoría, entre los que destacamos los siguientes:

La educación (paideia) es el arte de ayudar al alumno a buscar la verdad interior.
La verdad está en el interior del alma de cada uno. Esta teoría Platón la llamará Teoría de Anamnesis o Reminiscencia.

La importancia que Platón da a la dialéctica.

Sócrates es el descubridor de los conceptos y las definiciones como método adecuado para filosofar. Mediante la intuición de lo semejante (abstracción), prescindiendo de las diferencias, podemos llegar a los universales o conceptos.
Platón va a denominar estos conceptos esencias o ideas , y para él son la verdadera realidad.

 La Mayéutica: El método dialéctico.

El método dialéctico es el arte que nos lleva a encontrar la verdad que llevamos dentro. Mediante una serie de preguntas dirigidas por el maestro, se trata de que el alumno llegue por sí mismo a la verdad.

Las fases de la Mayéutica son:

-Se parte del planteamiento de un tema, centrando aquel asunto que queremos definir. Este planteamiento se concreta en la pregunta por el ¿qué es...? en la pregunta por la definición.

-La ironía que consiste en llevar al discípulo a contradecirse, para hacerle tomar conciencia de que sus opiniones no están bien fundamentadas.

-Propiamente ya la Mayéutica: conseguir que el discípulo formule por sí mismo la verdad


            El Intelectualismo moral: la educación y el bien.

Sócrates, frente a la filosofía anterior, la cual se ocupaba de la Physis, descubre la interioridad humana: siguiendo la máxima del Oráculo de Delfos, conócete a ti mismo. Sócrates propone que el hombre sincero conoce en su interior tanto el bien como la verdad.


La importancia que le da a la Filosofía y al entrenamiento de la razón se debe a que supuestamente nos ayuda a conocer qué es el bien. Para Sócrates, solo el sabio es bueno: a esto se le llama Intelectualismo Moral. Por tanto, esto implica que el mal tiene su origen en la ignorancia: para los griegos la voluntad tiende siempre al bien, es decir, es imposible querer el mal a sabiendas. Esta teoría va a ser una característica común a Sócrates, Platón y Aristóteles, dando gran importancia todos ellos a la educación. Para Platón son los mejores, los que han llegado a la cumbre del saber, los que deben gobernar. Platón llamará a esta teoría la Teoría del Filósofo-Rey.

             La influencia de Sócrates en Platón.

Sócrates influye en Platón en varias ideas:

-Según Sócrates en todas las almas existe la verdad en estado latente y solo es preciso tener la habilidad para poner en orden nuestros razonamientos. Platón va a asumir esta idea, con la Teoría de la Anamnesis o Reminiscencia, como ya hemos dicho.

-Sócrates, al igual que Platón, criticará el escepticismo y el relativismo: la verdad existe y podemos conocerla.

-Sócrates es el descubridor de los conceptos y definiciones como método adecuado para la filosofía. Platón
convierte los conceptos y las definiciones en esencias e ideas, la verdadera realidad.

-Para Sócrates solo el sabio es el bueno (intelectualismo moral) Esta idea está presente en Platón. Sócrates va a dar gran importancia a la educación, y, como veremos la utopía política de Platón se basa sobre todo en la educación.

-Sócrates propone el diálogo como forma de descubrir la verdad interior, Platón va a asumir el método dialéctico como forma de ascender en la jerarquía del conocimiento.

           Diferencias entre Sócrates y los Sofistas.

-El pensamiento de los Sofistas se caracteriza por el escepticismo y el relativismo, la verdad no se puede conocer y moralmente está todo permitido. Mientras que para Sócrates la verdad existe y podemos conocerla, además la verdad está en todas las almas en estado latente, y solo es preciso tener habilidad para poner en orden nuestros razonamientos.

-Para los Sofistas el sabio es aquel que sabe argumentar para seducir a sus interlocutores y conducirles por donde quiere, es decir, sabio es el buen retórico.
Para Sócrates, sabio es el hombre bueno y virtuoso.

-Los Sofistas no pretendían formar hombres justos y buenos ciudadanos, sino especialistas eficaces en la política y el derecho.
Sócrates se propone educar la los ciudadanos en la virtud.

-Para Sócrates la dialéctica (mayéutica) es el camino para sacar a la luz la verdad interior, mientras que para los sofistas el lenguaje no ayuda a esclarecer la verdad, sino que es el arte de la seducción al margen de la verdad y de la justicia de los discursos.

Este comportamiento correspondía a la esencia de su sistema de enseñanza, la mayéutica, 
que él comparaba al arte que ejerció su madre (matrona): se trataba de llevar a un interlocutor a alumbrar la verdad, a descubrirla por sí mismo por medio de un diálogo en el que el filósofo proponía una serie de preguntas y oponía sus reparos a las respuestas recibidas, de modo que al final fuera posible reconocer si las opiniones iniciales de su interlocutor eran una apariencia engañosa o un verdadero conocimiento.



El método mayéutico se basa en preguntas que buscan la visión ampliada de los problemas. 
Se sirve de la refutación y de la inducción. Las preguntas se orientan:

- Al proceso (¿Cómo has llegado a esa conclusión?)
- A las causas (¿Qué ha causado ese hecho?)
- A las consecuencias (Y si así fuera, qué consecuencias traería. ¿Y si no?)
- A las posibilidades (¿Hay alguna otra explicación posible?

*

más música disco

The Commodores - Brick House
(el del saxo...en el último vídeo)












Juicio a Sócrates

Aunque fue un patriota y un hombre de profundas convicciones religiosas, sufrió la desconfianza de muchos de sus contemporáneos, a los que disgustaba su actitud hacia el Estado ateniense y la religión establecida.
Fue acusado de despreciar a los dioses del Estado y de introducir nuevas deidades (daimon -voz interior mística, a la que Sócrates aludía a menudo-). También fue acusado de corromper la moral de la juventud, alejándola de los principios de la democracia.
Sócrates sometió a la democracia, recientemente restaurada, a la misma crítica a la que sometió a todas las cuestiones de índole moral, gnoseológica o religiosa. Asimismo, entre sus intereses, se hallaba probablemente, el instruir a una futura clase política para que gobernase sabia y justamente.

Además de lo anteriormente expuesto, tampoco hay que descartar que existieran motivos pasionales y antiguas rencillas personales. Uno de los querellantes, Anito (los otros fueron Meletos y Licón), debía guardarle enorme rencor a Sócrates por la muerte de su hijo, que prefirió quedarse con el maestro, rechazando acompañar a su padre en el destierro, y muriendo poco después alcoholizado.

Aunque en realidad,  su único delito fue el de decir lo que pensaba y esto, siempre levanta ampollas incluso entre sociedades tan liberales para la época como lo era la ateniense.

Sócrates fue juzgado en Atenas, ciudad a la que amaba profundamente. Su juicio se celebró al modo ateniense en donde por encima de todo primaba la democracia.

PINAKION CON NOMBRE Y SELLOS
El método para elegir jueces y jurados era complicado. Todos los años se elegían 6.000 ciudadanos (sacados de entre las 10 tribus) que debían estar disponibles para ser miembros del jurado. A cada uno de ellos se le entregaba una pieza de bronce (pinakion)
que llevaba inscrito su nombre y un sello oficial. El jurado lo formaban un número mínimo de 201 personas, aunque podía llegar a estar constituido hasta por 2.001 personas.
En el caso de Sócrates, el jurado lo formaban exactamente 500 personas  que fueron seleccionadas el mismo día del juicio por medio del Cleroterion.

Reconstrucción de un Cleroterion.
 Los pinakion con los nombres se metían en las ranuras
 y luego por medio de un juego
de bolas blancas y negras
 que se introducían por el embudo de la izquierda,
se seleccionaban las columnas.
 Los nombres de esas columnas serían los miembros del jurado.


CLEROTERION
Esto se hacía así porque al no saberse los nombres hasta el último momento evitaba que ninguna de las partes pudiera sobornar o coaccionar a algún miembro del jurado.

Los atenienses no tenían la figura de fiscal y cualquier ciudadano podía acusar a otro (en caso de que menos del 20% del jurado votara culpable, el acusador debería pagar fuertes multas. Así se evitaban falsas acusaciones).

El acusador de Sócrates fue Meleto poeta y fanático religioso quien lo acusaba de corromper a la juventud y de impiedad (falta de creencia en los dioses) acusaciones muy serias pues se castigaban con pena de muerte.

Lo peregrino de algunos  diálogos del juicio, dejan claro que detrás de esas acusaciones también debían existir razones políticas o personales contra Sócrates.

    [...] Lo que has dicho, Sócrates, son solo insinuaciones -rebate Meleto-. Defiéndete más bien de la acusación de corromper a los jóvenes.

    - ¿Y cómo piensas, Meleto, que puedo corromper a los jóvenes?

    - Diciéndoles que el Sol es una piedra y que la Luna está hecha de tierra – responde Meleto.

    - Creo que me has confundido con otro: los jóvenes pueden leer todo eso cuando lo deseen, comprándose por una dracma los libros de Anaxágoras de Clazomene en cada esquina del ágora.

    - ¡Tú no crees en los dioses!  -grita Meleto, poniéndose de pie y amenazándolo con el dedo índice-  ¡Tú crees solo en los Daimones!

    - ¿Y quiénes serían éstos? -pregunta Sócrates sin perder la compostura.-  ¿Hijos malvados de los dioses? Así pues, afirmas que no creo en los dioses sino solo en la existencia de los hijos de los dioses. Es como decir que creo en los hijos de los caballos, pero no en los caballos.


Clepsidras (relojes de agua)
 Se usaban para medir los tiempos de intervención.
 Se disponía de unos seis minutos por turno.


A pesar de todo, se celebró una primera votación. La votación era secreta y para eso utilizaban unas piezas circulares llamadas psephos. Cada jurado tenía dos de estas, una con la varilla central maciza (inocente) y otra hueca (culpable). Por orden, uno a uno, pasaban delante de dos urnas, en la primera debían dejar el veredicto y en la segunda la otra pieza. Así no se sabía cuál se dejaba en cada urna.


Psephos utilizados para votar.
 Las varillas huecas significaban: culpable.


El resultado de la votación fue el de "culpable" por un estrecho margen. (280 – 220)  Sócrates debía morir. La conmoción en la sala fue general y como era costumbre se le dijo al acusado que propusiera él una pena alternativa.

Sócrates con cierto tono de guasa respondió:

¿Una pena alternativa? ¿Y qué he hecho para merecer una pena? Durante toda la vida he descuidado mis intereses personales, mi familia y mi casa. Nunca he aspirado a mandos militares ni a honores públicos. No he participado en conjuras ni en otras formas de sedición. ¿Qué penas corresponden a quien ha hecho esto? No quisiera equivocarme, pero creo tener derecho solo a un premio, el de ser alojado y mantenido en el Pritaneo a expensas del Estado.

Sus palabras no gustaron y un clamor de enfado invadió la sala. Sócrates trató de arreglar el desaguisado:

De acuerdo, de acuerdo, mis queridos conciudadanos: me hago cargo de que me habéis entendido mal. Algunos han tomado mi sentido de la justicia por un acto de arrogancia. Pero decidme con franqueza: ¿qué podría haber propuesto como pena? ¿La cárcel? ¿El exilio? ¿Una multa en dinero? ¿Y qué multa podría pagar yo, que nunca he enseñado por dinero? Como mucho, estaría en condiciones de ofrecer una mina de plata.

La cantidad ofrecida no debió ser del agrado del respetable y de nuevo las palabras del filósofo fueron tomadas por otra ofensa,  haciendo aumentar los gritos de quienes protestaban. Finalmente se resolvió hacer otra votación y esta vez el resultado fue contundente: 360 votaron culpable y 140 inocente.

Finalmente, Sócrates, al conocer su definitiva sentencia, dijo:

Ciudadanos atenienses, temo que hayáis asumido una gran responsabilidad ante la Polis. Era viejo, bastaba con esperar y la muerte habría llegado por sí misma, de modo natural. Actuando así no tenéis ni siquiera la seguridad de haberme castigado.
¿Sabéis por ventura qué es morir? Con seguridad, una de estas dos cosas: o un caer en la nada, o trasmigrar a otra parte. En la primera hipótesis, creédme, la muerte podría ser una gran ventaja, no más dolores, no más sufrimientos; en el segundo caso, en cambio, tendría la suerte de encontrarme con muchísimos personajes excepcionales. ¿Cuánto pagaría cada uno de vosotros por hablar cara a cara con Orfeo, con Museo, con Homero o con Hesíodo? ¿O con Palamedes y con Ayax de Telamón que murieron ambos por haber sido tratados de manera injusta? Pero ha llegado la hora de partir, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros ha tenido mejor destino, es oscuro para todos, menos para los dioses.

Fue llevado a la cárcel donde sería ejecutado a la mañana siguiente por medio de cicuta.

Sus amigos sobornaron a los guardias y le prepararon la huida pero él se negó pues parecería más culpable, además de que, según dijo, no sería capaz de vivir lejos de su querida Atenas. Su última noche la pasó acompañado de sus buenos amigos  entre los que se encontraba Platón.

Cuentan que esa noche Sócrates se empeñó en aprender una complicada melodía para tocar con la flauta. Sus amigos se lo recriminaban y le decían que para qué iba a perder su última noche de vida en algo tan complicado. Sócrates muy serio les contestó:

    ¿Para qué va a ser? Para aprenderla antes de morir.



* *


Imprescindible en las discotecas de los setenta:
Laurent Voulzy «Rockollection» (1977)






*

MUERTE DE SÓCRATES
Jacques-Louis David


LA MUERTE DE SÓCRATES

(Fedón o Sobre el alma, es un diálogo platónico que se ambienta en las últimas horas de vida de Sócrates.)

Fragmento:

A mí me llama ya ahora el destino, diría un héroe de tragedia, y casi es la hora de encaminarme al baño, pues me parece mejor beber el veneno una vez lavado y no causar a las mujeres la molestia de lavar un cadáver.

Al acabar de decir esto, le preguntó Critón:

—Estás bien, Sócrates. Pero ¿qué nos encargas hacer a estos o a mí, bien con respecto a tus hijos o con respecto a cualquier otra cosa, que pudiera ser más de tu agrado si lo hiciéramos?

—Lo que siempre estoy diciendo, Critón —respondió—, nada nuevo. Si os cuidáis de vosotros mismos, cualquier cosa que hagáis no solo será de mi agrado, sino también del agrado de los míos y del propio vuestro, aunque ahora no lo reconozcáis. En cambio, si os descuidáis de vosotros mismos y no queréis vivir siguiendo, por decirlo así, las huellas de lo que ahora y en el pasado se ha dicho, por más que ahora hagáis muchas vehementes promesas, no conseguiréis nada.

—Descuida —replicó—, que pondremos nuestro empeño en hacerlo así. Pero ¿de qué manera debemos sepultarte?

—Como queráis —respondió—, si es que me cogéis y no me escapo de vosotros.

Y, a la vez que sonreía serenamente, nos dijo, dirigiendo su mirada hacia nosotros:

—No logro, amigos, convencer a Critón de que yo soy ese Sócrates que conversa ahora con vosotros y que ordena cada cosa que se dice, sino que cree que soy aquel que verá cadáver dentro de un rato, y me pregunta por eso cómo debe hacer mi sepelio. Y el que yo desde hace rato esté dando muchas razones para probar que, en cuanto beba el veneno, ya no permaneceré con vosotros, sino que me iré hacia una felicidad propia de bienaventurados, parécele vano empeño y que lo hago para consolaros a vosotros al tiempo que a mí mismo. Así que —agregó—, salidme fiadores ante Critón, pero de la fianza contraria a la que este presentó ante los jueces. Pues este garantizó que yo permanecería. Vosotros garantizad que no permaneceré una vez que muera, sino que me marcharé para que así Critón lo soporte mejor y, al ver quemar o enterrar mi cuerpo, no se irrite como si yo estuviera padeciendo cosas terribles, ni diga durante el funeral que expone, lleva a enterrar o está enterrando a Sócrates. Pues ten bien sabido, oh excelente Critón —añadió—, que el no hablar con propiedad no sólo es una falta en eso mismo, sino también produce mal en las almas. Ea, pues, es preciso que estés animoso, y que digas que es mi cuerpo lo que sepultas, y que lo sepultas como a ti te guste y pienses que está más de acuerdo con las costumbres.

Al terminar de decir esto, se levantó y se fue a una habitación para lavarse. Critón le siguió, pero a nosotros nos mandó que le esperáramos allí. Esperamos, pues, charlando entre nosotros sobre lo dicho y volviéndolo a considerar, a ratos, también comentando cuán grande era la desgracia que nos había acontecido, pues pensábamos que íbamos a pasar el resto de la vida huérfanos, como si hubiéramos sido privados de nuestro padre. Y una vez que se hubo lavado y trajeron a su lado a sus hijos —pues tenía dos pequeños y uno ya crecido— y llegaron también las mujeres de su familia, conversó con ellos en presencia de Critón y, después de hacerles las recomendaciones que quiso, ordenó retirarse a las mujeres y a los niños, y vino a reunirse con nosotros. El sol estaba ya cerca de su ocaso, pues había pasado mucho tiempo dentro. Llegó recién lavado, se sentó, y después de esto no se habló mucho. Vino el servidor de los Once y, deteniéndose a su lado, le dijo:

—Oh Sócrates, no te censuraré a ti lo que censuro a los demás, el que se irritan contra mí y me maldicen cuando les transmito la orden de beber el veneno que me dan los magistrados. Pero tú, lo he reconocido en otras ocasiones durante todo este tiempo, eres el hombre más noble, de mayor mansedumbre y mejor de los que han llegado aquí, y ahora también sé que no estás enojado conmigo, sino con los que sabes que son los culpables. Así que ahora, puesto que conoces el mensaje que te traigo, salud, e intenta soportar con la mayor resignación lo necesario. Y rompiendo a llorar, diose la vuelta y se retiró.

Sócrates, entonces, levantando su mirada hacia él, le dijo:

—También tú recibe mi saludo, que nosotros así lo haremos.

Y, dirigiéndose después a nosotros, agregó:

—¡Qué hombre tan amable! Durante todo el tiempo que he pasado aquí vino a verme, charló de vez en cuando conmigo y fue el mejor de los hombres. Y ahora ¡qué noblemente me llora! Así que, hagámosle caso, Critón, y que traiga alguno el veneno, si es que está triturado. Y si no, que lo triture nuestro hombre.

—Pero, Sócrates —le dijo Critón—, el sol, según creo, está todavía sobre las montañas y aún no se ha puesto. Y me consta, además, que ha habido otros que lo han tomado mucho después de haberles sido comunicada la orden y tras haber comido y bebido a placer, y algunos, incluso, tras haber tenido contacto con aquellos que deseaban. Ea, pues, no te apresures, que todavía hay tiempo.

—Es natural que obren así, Critón —repuso Sócrates—, esos que tú dices, pues creen sacar provecho al hacer eso. Pero también es natural que yo no lo haga, porque no creo que saque otro provecho, al beberlo un poco después, que el de incurrir en ridículo conmigo mismo, mostrándome ansioso y avaro de la vida cuando ya no me queda ni una brizna. Anda, obedéceme —terminó— y haz como te digo.

Al oírle, Critón hizo una señal con la cabeza a un esclavo que estaba a su lado. Salió este y, después de un largo rato, regresó con el que debía darle el veneno, que traía triturado en una copa. Al verle, Sócrates le preguntó:

—Y bien, buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué debo hacer?

—Nada más que beberlo y pasearte —le respondió— hasta que se te pongan las piernas pesadas, y luego tumbarte. Así hará su efecto.

Y, a la vez que dijo esto, tendió la copa a Sócrates.

La tomó con gran tranquilidad, sin el más leve temblor y sin alterarse en lo más mínimo ni en su color ni en su semblante, miró al individuo de frente, según tenía por costumbre, y le dijo:

—¿Qué dices de esta bebida con respecto a hacer una libación a alguna divinidad? ¿Se puede o no?

—Tan solo trituramos, Sócrates —le respondió—, la cantidad que juzgamos precisa para beber.

—Me doy cuenta —contestó—. Pero al menos es posible, y también se debe, suplicar a los dioses que resulte feliz mi emigración de aquí a allá. Esto es lo que suplico: ¡que así sea!

Y después de decir estas palabras, lo bebió, conteniendo la respiración, sin repugnancia y sin dificultad.

Hasta este momento la mayor parte de nosotros fue bastante capaz de contener el llanto; pero cuando le vimos beber y cómo lo había bebido, ya no pudimos contenernos. A mí también, y contra mi voluntad, caíanme las lágrimas a raudales, de tal manera que, cubriéndome el rostro, lloré por mí mismo, pues ciertamente no era por aquél por quien lloraba, sino por mi propia desventura, al haber sido privado de tal amigo. Critón, como aun antes que yo no había sido capaz de contener las lágrimas, se había levantado. Y Apolodoro, que ya con anterioridad no había cesado un momento de llorar, rompió a gemir entonces, entre lágrimas y demostraciones de indignación, de tal forma que no hubo nadie de los presentes, con excepción del propio Sócrates, a quien no conmoviera.

Pero entonces nos dijo:

—¿Qué hacéis, hombres extraños? Si mandé afuera a las mujeres fue por esto en especial, para que no importunasen de ese modo, pues tengo oído que se debe morir entre palabras de buen augurio. Ea, pues, estad tranquilos y mostraos fuertes.

Y, al oírle nosotros, sentimos vergüenza y contuvimos el llanto. Él, por su parte, después de haberse paseado, cuando dijo que se le ponían pesadas las piernas, se acostó boca arriba, pues así se lo había aconsejado el hombre. Al mismo tiempo, el que le había dado el veneno le cogió los pies y las piernas y se los observaba a intervalos. Luego, le apretó fuertemente el pie y le preguntó si lo sentía. Sócrates dijo que no. A continuación hizo lo mismo con las piernas y, yendo subiendo de este modo, nos mostró que se iba enfriando y quedándose rígido. Y le siguió tocando y nos dijo que cuando le llegara al corazón se moriría.

Tenía ya casi fría la región del vientre cuando, descubriendo su rostro —pues se lo había cubierto—, dijo estas, que fueron sus últimas palabras:

—Oh, Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no la paséis por alto.

—Descuida, que así se hará —le respondió Critón—. Mira si tienes que decir algo más.

A esta pregunta de Critón ya no contestó, sino que, al cabo de un rato, tuvo un estremecimiento y el hombre le descubrió: tenía la mirada inmóvil. Al verlo, Critón le cerró la boca y los ojos.

Así fue el fin de nuestro amigo, de un varón que, como podríamos afirmar, fue el mejor, a más de ser el más sensato y justo de los hombres de su tiempo que tratamos.

cicuta


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Lionel Richie - All Night Long (All Night)






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